viernes, febrero 23, 2024
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La Soberbia (pecado capital)

La palabra «soberbia» proviene del latín superbĭa, deriva de super, preposición que significa sobre, estar por encima. Es uno de los siete pecados capitales que lleva a valorarse a uno mismo por encima de los demás. Un sentimiento de superioridad que lleva al individuo a presumir sus cualidades en menosprecio de las ajenas.

La soberbia nos lleva a sentir un amor desmedido por la excelencia propia (de cuerpo o de mente), o a pensar que no tenemos superiores, que nosotros estamos por encima de cualquier otro. Es sinónimo de altanería, altivez, arrogancia, vanidad, etc. Lo contrario de humildad, sencillez, modestia.

Santo Tomás de Aquino dice que la soberbia es el origen de todos los pecados. De hecho fue la soberbia la que llevó a Lucifer a revelarse contra Dios. “¿Cómo caíste desde el cielo, estrella de la mañana, hijo de la Aurora?» (Is 14,12). Al Ángel más bello, al Ángel de la luz, lo cegó la soberbia y quiso ser como Dios: «Subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo» (Is. 14, 14). Satanás es la mejor descripción de la soberbia.

Cuando, por la soberbia, tratamos de escalar las alturas y subir para ser como dioses, entonces nos venimos abajo: “Mas ¡ay! has caído en las honduras del abismo, en el lugar donde van los muertos” (Is 14,15).

Es el pecado que cometieron Adán y Eva, por desobediencia y rebeldía, al creer en las palabras de Satanás que les sedujo diciendo: «Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5). También Adán y Eva quisieron ser como dioses.

La soberbia es la cumbre del amor propio, la madre de todos los pecados, la reina de todos los vicios.

De todos los pecados, la soberbia es el más peligroso, que nos lleva a engañarnos espiritualmente y pensar que nuestras buenas cualidades no son obra de Dios, sino nuestras, además de que son mejores que las de los demás.

Jesús describió este pecado con la parábola del fariseo y el publicano, dos hombres que subieron al templo a orar. Mientras el publicano humildemente reconoció su pecado, el fariseo comenzó a presumir de ser mejor que los demás. La soberbia nos lleva a ver a los demás hacia abajo.

Por la soberbia también nos ponemos a nosotros mismos en primer lugar, faltando gravemente al primer mandamiento. Por ella buscamos que se haga nuestra voluntad, no la de Dios.

Así como Satanás cayó, por la soberbia también muchos hombres han fracasado en su intento soberbio de descartar a Dios en sus proyectos y creer que no necesitan de la ayuda divina.

Joseph Bruce Ismay, socio y presidente de la compañía White Star Line, constructora del famoso barco Titanic, dijo: «Este barco ni Dios lo hunde». A principios del siglo XX hizo su primera travesía, con J. Bruce a bordo y una gran multitud de gente que, confiados en la seguridad del barco, se entregaron al baile, las orgías, el desenfreno y otros pecados. A las pocas horas un «iceberg» partía el Titanic por la mitad, hundiéndose con toda la tripulación y su pecado.

La soberbia es capaz de hundir el barco de la vida de tantos hombres que en el mundo se consideran invencibles, a tal grado que creen que ni Dios puede contra ellos, o que ni el mismo Dios es capaz de hacer las cosas que ellos hacen.

La soberbia puede manifestarse a través de:

  • La jactancia o arrogancia, cuando se alardea de los propios bienes, poderes o cualidades ante los demás
  • El engreimiento o la petulancia, que ponen el acento más bien en el desprecio hacia los otros sobre la base del convencimiento de la propia superioridad.
  • La vanidad, que hace referencia a la vacuidad o el vacío de las ostentaciones de superioridad.

Características del soberbio

  1. Se gloría de los bienes naturales o sobrenaturales como si procedieran de sí mismo y no de Dios, considera que todo se debe a sus propios méritos. Al considerar que no hay nadie sobre él, al soberbio le cuesta creer que hay un Dios del que procede todo bien y que a Él debemos darle la gloria por todo lo que somos y poseemos. En la parábola, el fariseo exige su premio a los méritos, nunca a Dios.
  2. Se gloría delante de los demás de aquello que no tiene (vanidad), exagerando sus dotes con palabras y con engaños (jactancia), sus cosas no son las comunes, presume de penitente, santo e intachable (hipocresía)
  3. Desprecia a los demás, creyendo que solo él es irreprochable, justo y bueno.
  4. Con el fin de sobresalir, ambiciona los primeros puestos, el mando, el dinero, las novedades, las modas y todo aquello que le haga sentirse por encima de los demás.

Efectos de la soberbia

  1. Nos hace desgraciados e infelices. El éxito de los demás nos parece un suplicio y toda alabanza o logro propio parece insuficiente.
  2. Nos aleja de Dios. El soberbio, al considerarse sobre todos los demás, no puede aceptar que exista un Dios muy superior a él.
  3. Nos hace despreciables para los demás. Todos tenemos algún tipo de compasión para el desgraciado, el pecador; pero difícilmente para el soberbio.
  4. Nos produce aislamiento. El soberbio parece segregado de la sociedad; nadie le quiere, nadie le acompaña.
  5. Genera problemas familiares. El soberbio es capaz de despreciar a su esposa e hijos. Todo es para sí.
  6. Genera problemas sociales. El soberbio siembra enemistad, odio, querella, guerra.
  7. Nos priva de la vida eterna. El principal efecto es que nos priva de la vida eterna, si morimos en ese pecado. Es la consecuencia más grabe, y muchos, aunque tengan una última oportunidad, se niegan a arrepentirse en la última hora, por no querer humillarse y confesar sus pecados.

Fuentes bibliográficas

1. Santo Tomás de Aquino, A Tour of the Summa, 84-2

2. Fulton J. Sheen, Los Siete Pecados Capitales, Ed. San Pablo, Bogotá, 2007

3. M. Nadine, Lávate Siete Veces, una mirada contemplativa a los siete pecados capitales

4. Pontificia Facultad Teológica de San Esteban, Los Pecados Capitales y sus Virtudes opuestas, Salamanca

5. Villegas, Manuel, Psicología de los Siete Pecados Capitales, Herder, Barcelona, 2018

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