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Lo más importante, lo principal

Si por esta vida vamos sin saber establecer prioridades, al final del camino habremos perdido nuestro tiempo en cosas vanas, en proyectos que no tienen el valor que esperábamos y nos estaremos lamentando de no haber hecho las cosas que ya son imposibles.

La leyenda

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de una caverna escuchó una voz misteriosa que salía de adentro y le decía:

─ «Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal, después de que salgas la puerta se cerrará para siempre, por lo tanto aprovecha la oportunidad, pero no te olvides de lo principal…».

La mujer entró en la caverna y encontró muchas riquezas. Fascinada por el oro, por las joyas, puso al bebé en el piso y empezó a juntar ansiosamente todo lo que podía, en su delantal. La voz misteriosa habló nuevamente:

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─ «Tienes sólo cuatro minutos…»

Agotados los cuatro minutos, la mujer cargada de oro y piedras preciosas, corrió hacia fuera de la caverna y la puerta se cerró, recordó entonces que su bebé quedó adentro y la puerta estaba cerrada para siempre… La riqueza duró poco y la desesperación toda la vida.

Moraleja

Apliquemos esta historia a nuestra vida terrenal primero, luego hablaremos de la importancia de saber aprovechar esta vida para atesorar tesoros en el cielo.

¿Eres de los que ya se dio cuenta del tiempo perdido, preocupado por el dinero y anteponiendo el trabajo a la familia? ¿O sigues sin advertir el gran error que estás cometiendo?

La mujer de la historia fijó su atención y dedicó sus energías a la acumulación de riquezas, olvidando a su hijo abandonado en la caverna. Esa puede ser tu historia; pon mucha atención porque puedes estar cometiendo el mismo error, priorizando tu trabajo, descuidando a tu familia. Puedes estar trabajando horas extras para ahorrar y aumentarle dígitos a tu cuenta bancaria, pero en la caverna de tu casa están tus hijos a una edad que requieren de tu atención y necesitan que les regales un poquito de tu tiempo. Un tiempo que no se repite, porque nuestros hijos son niños una sola vez en la vida, son adolescentes solo una vez en su vida.

En el confinamiento o cuarentena, términos que se pusieron de moda mundial por la pandemia del Covid-19, sucedieron muchas cosas interesantes en el seno de las familias. Nos enteramos, por ejemplo, de lo valioso que resulta el tiempo compartido, de todos aquellos acontecimientos importantes en el desarrollo de nuestros hijos (inadvertidos por nuestra ausencia en el hogar) y de lo que significa nuestra presencia para el desarrollo afectivo y emocional de los hijos, ya que, en nuestros tiempos, no solo trabaja el hombre sino también la mujer, y eso ha dejado a los hijos solos en casa. Y cuando sus padres regresan de trabajar, van cansados y no pueden escucharlos ni jugar con ellos. Las familias se han ido destruyendo porque cada vez se vuelve más prioridad el dinero, las riquezas. No hay espacio para convivir, jugar, salir en familia, divertirse sanamente. Y cuando los hijos se quejan de falta de atención, los padres simplemente se excusan en que si no trabajan no hay dinero, no hay comodidades ni lujos. Aunque los niños prefieran cambiar esos lujos por un poco más de atención, no son escuchados.

Dicen que el tiempo perdido hasta los santos lo lloran. A veces nos enteramos de las malas valoraciones y errores que cometimos al establecer nuestras prioridades, solo cuando es demasiado tarde, cuando ya solo caben los «mejor hubiera hecho esto», «mejor hubiera echo aquello». Muchos padres de familia se dan cuenta del error que cometieron al empeñarse en buscar primero las riquezas, solo cuando ocurren tragedias en el hogar, tales como: el suicidio de un hijo, la caída en los vicios o delincuencia de uno de ellos, la separación del cónyuge y otros casos parecidos.

En no pocas ocasiones nos encontramos con casos de personas que se quedan viudas, y solo hasta que ese momento llega, empiezan los «hubiera hecho esto, hubiera hecho aquello». Ya es tarde. Te afanaste en llenar tus bolsillos del tan preciado oro, pero tu ser querido se quedó abandonado en la caverna.

Lo mismo sucede con nuestra vida espiritual. En una ocasión Jesús puso las cosas claras a las hermanas Marta y María. El Evangelio de San Lucas (10, 38-42) nos relata aquella visita de Jesús a una familia muy importante para él. Marta y María, hermanas de Lázaro, lo recibieron en su casa, ambas con actitudes diferentes. Mientras María estaba a los pies del Maestro, escuchándolo, Marta se afanaba por los quehaceres del hogar.

Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.

(Lc 10, 41-42)

La vida terrena solo es una y una es también la oportunidad que tenemos para elegir nuestro destino después de la muerte. Muchos creen que la edad les da para darse lujos y más adelante pensar en ordenar su vida en orden al Reino de los Cielos. Un accidente inesperado, un asesinato, un infarto, una muerte repentina, un solo segundo es suficiente para poner fin a nuestra existencia terrenal y perder la única oportunidad que tuvimos para atesorar tesoros en el cielo y no en la tierra.

Muchos creen que al final del camino tendremos todos la oportunidad del ladrón arrepentido, junto a la cruz de Cristo, allá en el Calvario, cuando se ganó la salvación en los últimos instantes de su vida. Es sí fue un perfecto ladrón, tanto que se «robó» también la salvación al final de su vida terrena. Pero ese es solo un caso fortuito. Es cierto que la misericordia de Dios es grande y quiere que todos nos salvemos; pero también es cierto que nos da cada instante de nuestra vida para que nos pongamos a cuentas y preparemos nuestra alma para la gloria eterna, sin esperar hasta el final de nuestra vida para arrepentirnos y buscar a Dios.

Hay que acordarnos siempre de lo principal y trabajar primero por aquello que realmente vale la pena, antes de que la puerta se cierre y sea demasiado tarde.

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Redacción Central de Cristomanía Católica

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