viernes, febrero 23, 2024
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El verdadero origen del árbol de navidad

¿A quién no le gusta decorar su hogar con un árbol navideño para fin de año? ¿A quién no le trae gratos recuerdos de su infancia cuando los abuelos decoraban esos bellos árboles que cortaban de algún lugar y decoraban en una esquinita de nuestra casa? Hay muchas tradiciones que se han mantenido de generación en generación; una de ellas es el árbol navideño

Muchos acontecimientos que celebramos los católicos han surgido con el afán de celebrar nuestra fe, pero también para contrarrestar ciertas prácticas o tradiciones paganas. Y el Árbol de Navidad no es la excepción.

Aunque existen muchas versiones sobre el origen de este árbol, la más aceptada, en el ambiente católico, es la que involucra al apóstol de los germanos, San Bonifacio, nacido en Inglaterra alrededor del año 680 y que ingresó a un monasterio benedictino antes de ser enviado por el Papa a evangelizar los territorios que pertenecen a la actual Alemania. Primero fue como sacerdote y después eventualmente como obispo, en viajes por toda Alemania, para fortalecer a las regiones cristianas de ese país

Alrededor del año 723 Bonifacio viajó con un pequeño grupo de personas a la región de la Baja Sajonia, donde visitó a una comunidad de paganos cerca de Geismar, quienes realizaban sacrificios humanos (usualmente niños) a Thor, dios del trueno, en la base de un roble conocido como «El Roble del Trueno», al que consideraban sagrado.

Era la víspera de la Navidad y San Bonifacio llegó decidido a destruir el árbol, salvar a la víctima del sacrificio y demostrar a los paganos que él no sería derribado por un rayo lanzado por Thor. Con su báculo en mano, San Bonifacio se acercó a los paganos reunidos en la base del árbol, para demostrarles que la Cruz de Cristo rompería el martillo del falso dios, Thor.

En efecto, cuando el verdugo levantó un martillo para ejecutar al pequeño niño, San Bonifacio extendió su báculo para bloquear el golpe y milagrosamente rompió el gran martillo de piedra y salvó la vida del niño.

Después, se dice que Bonifacio habló así al pueblo :“¡escuchen hijos del bosque! La sangre no fluirá esta noche, salvo la que la piedad ha dibujado del pecho de una madre. Porque esta es la noche en que nació Cristo, el hijo del Altísimo, el Salvador de la humanidad. Él es más justo que Baldur el Hermoso, más grande que Odín el Sabio, más gentil que Freya el Bueno. Desde su venida el sacrificio ha terminado».

«La oscuridad, Thor, a quien han llamado en vano, es la muerte. En lo profundo de las sombras de Niffelheim él se ha perdido para siempre. Así es que ahora en esta noche ustedes empezarán a vivir. Este árbol sangriento ya nunca más oscurecerá su tierra. En el nombre de Dios, voy a destruirlo”, agregó.

Entonces, Bonifacio tomó un hacha que estaba cerca de ahí, y según la tradición, cuando la blandió poderosamente hacia el roble una gran ráfaga de viento voló el bosque y derribó el árbol con raíces y todo. El árbol cayó al suelo y se rompió en cuatro pedazos.

El “Apóstol de Alemania” siguió predicando al pueblo germánico que estaba asombrado y no podía creer que el asesino del Roble de Thor no haya sido golpeado por su dios.

Bonifacio miró más allá donde yacía el roble y señaló a un pequeño abeto y dijo: “Este pequeño árbol, este pequeño hijo del bosque, será su árbol santo esta noche. Esta es la madera de la paz…Es el signo de una vida sin fin, porque sus hojas son siempre verdes».

«Miren como las puntas están dirigidas hacia el cielo. Hay que llamarlo el árbol del Niño Jesús; reúnanse en torno a él, no en el bosque salvaje, sino en sus hogares; allí habrá refugio y no habrán actos sangrientos, sino regalos amorosos y ritos de bondad”.

Así, los alemanes empezaron una nueva tradición esa noche, que se ha extendido hasta nuestros días. Al traer un abeto a sus hogares, decorándolo con velas y ornamentos y al celebrar el nacimiento del Salvador, el Apóstol de Alemania y su rebaño nos dieron lo que hoy conocemos como el árbol de Navidad.

Felices fiestas navideñas! Que la paz que el Niño Jesús nos trae, reine en nuestros corazones para siempre. Amén

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