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Moniciones y Lecturas Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores (15 de septiembre)

Monición de entrada

Ayer celebrábamos la exaltación de la Cruz de Cristo. Hoy recordamos a la Madre que está al pie de la Cruz. Este aspecto del misterio de la Virgen, su presencia materna junto a la Cruz de su Hijo, lo difundieron desde el siglo XIII, sobre todo, los Servitas y, más tarde, los Pasionistas.

Tenemos hoy una ocasión propicia para volver a vivir el momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar, junto con el Hijo exaltado en la Cruz, a la Madre que comparte su dolor.

Comencemos esta celebración. De pie, cantemos todos.

Moniciones a las lecturas

Monición a la primera lectura (Hb 5, 7-9) 

La primera lectura nos centra en Cristo y en su Pasión. Un Cristo que ha
experimentado lo que es el dolor, la crisis. También su Madre ha experimentado esos sentimientos. Escuchemos.

PRIMERA LECTURA

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.

Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna

Palabra de Dios.

Monición al salmo responsorial (Sal 30) 

El salmo 30 nos hace aplicar a nuestra vida la situación descrita en la primera lectura, porque también nosotros tenemos esa experiencia, y nos hace pedir a Dios su ayuda. Hagámoslo diciendo todos:

Salmo responsorial Salmo 30, 2-3a. 3b-4. 5-6. 15-16. 20

R. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí. R. 

Ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R. 

Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R. 

Pero yo confío en ti, Señor, te digo:
«Tú eres mi Dios».
En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen. R. 

Qué bondad tan grande,
Señor, reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. R. 

SECUENCIA

Esta secuencia es potestativa, y puede decirse entera o en forma abreviada, desde las palabras: «Y, porque a amarle me anime»

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

Monición al Evangelio (Jn 19, 25-27)

La escena típica para la fiesta de hoy nos la relata el Evangelio de San Juan; es la estampa impresionante de una mujer al pie de la Cruz donde está siendo ajusticiado su Hijo inocente.

Cantemos primero para escuchar este relato.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

—«Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo:

—«Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor.

O bien:

Monición al Evangelio (Lc 2, 33-35)

El evangelio de Lucas nos hace volver la mirada hacia los orígenes, cuando
el anciano Simeón anunció a la joven madre el dolor que le traspasaría el corazón; una promesa que no tardó mucho tiempo en empezar a cumplirse en la Virgen María.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 33-35

En aquel tiempo, el padre y la madre de Jesús estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:

—«Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma».

Palabra del Señor.

Oración de los fieles

Padre Santo, tenemos necesidad de la misma fortaleza que había en el corazón de María bajo la cruz, y por esto te clamamos diciendo:

Señor, en la hora de la prueba, socórrenos.

  • Por la Iglesia, para que tenga la misma premura de la Virgen María para velar, orante, sobre todos sus hijos que sufren en el desorden moral, esclavos de los malos hábitos y paralizados por las debilidades de la carne. Oremos.
  • Por el Santo Padre, los obispos y los sacerdotes, para que el Espíritu Santo les conceda el permanecer anclados a su ministerio, incluso en los momentos en los que la verdad es crucificada por quienes obstaculizan el anuncio de resurrección del Evangelio. Oremos.
  • Por los enfermos, para que transformen cada dolor en amor, para que todos sus sufrimientos, unidos al de la Bienaventurada Virgen María de los Dolores, en sus manos sean ofrecidos al Padre por la salvación de todos los hombres. Oremos
  • Por las madres que han visto morir a sus hijos en la guerra o por enfermedades graves, por las que los han perdido en accidentes o desastres naturales, para que todas sean consoladas por la Virgen María, que ha creído en la resurrección de los muerto y en la vida que no tendrá fin. Oremos.
  • Por nosotros aquí reunidos para que aprendamos a obedecer a la voluntad de Dios, que es siempre fuente de salvación, incluso cuando provoca un combate interior o se revela difícil de aceptar. Oremos.

Presentación de las Ofrendas

Este es el momento de llevar al altar nuestras ofrendas de Pan y Vino. Con ellas presentemos al Señor también nuestros sufrimientos y dolores de cada día.

Comunión

En nuestras angustias y dolores de la vida, Cristo viene en nuestro auxilio y nos fortalece con su Cuerpo y su Sangre. Acerquémonos a recibirle.

Final

Después de haber reflexionado sobre los Dolores de nuestra Madre, la Virgen María, volvemos a nuestros hogares. Somos conscientes de que nuestra vida de pecado aumenta el dolor de la Santísima Virgen, al ver cómo ofendemos a su Hijo Jesús. Es nuestra madre y quiere lo mejor de nosotros y para nosotros. Que nuestra meta sea disminuir su dolor, «haciendo lo que su Hijo nos diga»


Fuentes: Aldazábal, José, Enséñame tus caminos 7 – Los Santos con lecturas propias, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona, 2004; Monjas Agustinas de los Cuatro Santos Coronados, Oraciones de los fieles fiestas y solemnidades, Ed. San Pablo, Bogotá, 2017

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Redacción Central de Cristomanía Católica

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